Una carta y la liberación animal
- Blog historia animal

- 27 jul 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 2 ago 2025
Vuelan moviendo suavemente sus alas y cambiando extraños gritos, que nada tienen de común con el agudo “craa” que lanzan durante el día, al perseguir ávidamente su presa. Estos son sonidos apagados y dulces, de grave entonación, y cuando varias urracas lanzan sucesivamente su “kau, kau” […]. Es una verdadera charla; hablan del día que acaba de pasar.
(Luxemburgo, 2019, p. 246).

La facilidad que Rosa Luxemburgo tenía para ser sensible frente a todas las formas de vida que rodeaban su cotidianidad no solamente la dotaba de herramientas de pensamiento que le permitían ampliar su perspectiva sobre los análisis históricos, económicos y políticos de su tiempo, sino que también reflejaban, como característica particular, el espíritu vitalista que la habitaba. Todo ello, mientras se encontraba inserta en un mundo convulso por el capitalismo que, en sus propias palabras, no tenía –ni tiene– más solución que la violencia (Luxemburgo, 2009). Desde siempre, Luxemburgo se posicionó en contra de la guerra y el militarismo, y por defender esta postura tan tajantemente, fue llevada a prisión más de una vez.
Rosa nació el 5 de marzo de 1871 en Polonia y hacia 1917 había conocido las rejas de varias prisiones europeas como consecuencia de una incansable defensa de sus convicciones revolucionarias, por su denuncia de las atrocidades que el capitalismo dejaba a su paso y sus planteamientos programáticos para acabar con él. Estando presa escribió decenas de misivas a sus amigas/os y compañeras/os de lucha, en las que encontramos amplias referencias para entender con mayor profundidad las reflexiones que construían su amplio pensamiento revolucionario, el cual no se limitaba solamente a cuestiones económicas, históricas o políticas, sino que abarcaban una gran cantidad de temas sobre ciencias naturales como geología, zoología, biología y botánica. Todos estos campos de conocimiento, acompañados de su gran capacidad para sentir, fueron puestos de manifiesto en sus descripciones sobre su estancia en la cárcel.
Entre 1916 y 1918, desde la cárcel de Wronke y luego desde Breslau, escribió cartas a su amiga Sonia Liebknecht, en una de ellas –de diciembre de 1917– relataba una escena que le hacía sentir “un agudo dolor” (Luxemburgo, 2019, p. 249), pues veía frente a sus ojos la barbarie capitalista a partir del despojo de territorios, procesos de desplazamiento de seres vivos de su lugar de origen, la explotación no sólo del ser humano sino de todas las formas de vida, la violencia y la búsqueda de su justificación, y las dinámicas militares en las que los cuerpos se convierten en botín de guerra para transformarlos en objetos y así posibilitar su mercantilización:
Hace unos días acababa de entrar en el patio uno de estos carruajes. Pero esta vez venía tirado por búfalos, no por caballos. […]. Los soldados que conducen la yunta dicen que estas bestias proceden de Rumania y son botín de guerra […]. Sólo han podido domarlos a fuerza de golpes, a fuerza de hacerles sentir en lo más profundo de su carne que también para ellos rige el vae victis! del domador […]. Los obligan a trabajar sin duelo y a arrastrar pesos inverosímiles, de modo que no tardarán en morir. Hace unos días […] [é]l soldado que los conducía empezó a apalearlos con el grueso mango de su fusta, con tal violencia, que la carcelera le preguntó indignada si no le daban lástima aquellas bestias. «¡Pues lo que es de nosotros, que somos hombres, nadie tiene lástima!», exclamó con una sonrisa perversa en los labios el carretero, y siguió apaleando a las pobres bestias. Por fin lograron salvar el obstáculo, pero una de ellas estaba ensangrentada. Soniuska, la piel del búfalo tiene un espesor proverbial; no obstante, había sido desgarrada. Mientras descargaban el carro, las bestias permanecían impasibles y exhaustas, y una de ellas, la que sangraba, dejaba caer su mirada tristemente. Su aspecto y sus grandes ojos, tan dulces, tenían la expresión de un niño que hubiera llorado mucho, de un niño que hubiera sido severamente castigado sin saber por qué, y que no sabe ya qué hacer para librarse del tormento y de la violencia brutal […]. [É]l animal herido me miraba; las lágrimas que asomaron a mis ojos eran sus lágrimas. No es posible estremecerse ante el sufrimiento del más querido de los hermanos más dolorosamente de lo que yo me estremecí en mi impotencia ante aquel mudo dolor. ¡Las vastas y jugosas praderas verdes de Rumania perdidas para siempre! Allí brillaba el sol, soplaba el viento, cantaban los pájaros de modo muy distinto, y la melodiosa llamada del pastor sonaba a lo lejos. Aquí la horrible calle, el establo asfixiante, el heno mezclado con paja podrida, y, sobre todo, estos feroces hombres desconocidos, y los golpes, la sangre que mana de la abierta herida (Luxemburgo, 2019, p. 250).
Aun dentro del espacio carcelario, a Rosa le fue posible romper con las dinámicas y mecanismos de sometimiento físico, mental y espiritual, para abrir la posibilidad de “mirar y mirarse” en otros seres vivos, tomando una postura de entendimiento. Esta clara narración sobre la barbarie que conllevaba el sistema capitalista en el siglo XX, es una realidad presente que no solo no ha desaparecido, sino que se ha ido sofisticando con el tiempo, por eso es necesario que recuperemos esa perspectiva Luxemburguista que concebía una alternativa de vida sin capitalismo, pero que, al mismo tiempo, nos permita elaborar una crítica a la idea de que la violencia, la guerra y la explotación son exclusivamente dirigidos hacia los seres humanos, y así visibilizar y hacer hincapié en que tales dinámicas se extienden a todo lo vivo, incluyendo animales no humanos y el ecosistema en su totalidad.

A la par de esto, es necesario hacer con un análisis teórico de la realidad, pero, además, como lo hizo Rosa, establecer un diálogo entre pensamiento, sentimiento y práctica política, construir un pacto de sensibilidad con la realidad misma y las otras formas de vida que coexisten con nosotros: “¡Oh, mi pobre búfalo, mi pobrecito y querido hermano! Henos aquí a los dos, a ti y a mí, impotentes y silenciosos, unidos por el dolor, la impotencia y la nostalgia” (Luxemburgo, 2019, p. 251).
Bibliografía:
Luxemburgo, Rosa (2019). Cartas desde la prisión. Cartas a Karl Kautsky, Luise Kautsky y Sonia Liebknecht. Ediciones Akal.
Luxemburgo, Rosa (2009). La acumulación del capital. Edicions Internacionals Sedov. Germinal.
Jair Rodríguez Damián, estudiante de la Licenciatura en Estudios Latinoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México.




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