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Axayácatl y ahuautle: pequeños insectos, historias profundas en el Lago de Texcoco

  • Foto del escritor: Blog historia animal
    Blog historia animal
  • 14 jul 2025
  • 5 Min. de lectura

Ahuautle, Atenco, abril de 2025. Fotografía de Jessica Reyna Montes Espinoza.
Ahuautle, Atenco, abril de 2025. Fotografía de Jessica Reyna Montes Espinoza.


Hablar del ahuautle implica reconocer que la historia no es sólo humana. Lejos de ser recursos naturales, los insectos acuáticos como el axayácatl también han influido activamente en prácticas y saberes ancestrales. Al comprender su papel en las dinámicas ecológicas y culturales del Altiplano Central, podemos descubrir un pasado más amplio, uno en el que lo animal, como señala Leal (2024), también actúa, transforma y se integra en las relaciones sociales.


Los diminutos huevecillos llamados ahuautle son producidos por una variedad de chinches acuáticas conocidas de manera general como axayácatl o “moscos”. Aunque en el imaginario popular se piensa en el axayácatl como un solo insecto, en realidad es un conjunto de especies distintas -todas de la familia Corixidae- que aún habitan, aunque en zonas cada vez más restringidas, en los lagos y lagunas de la Cuenca de México (Pino, et. al., 2006). Estos huevecillos, muy pequeños (menos de medio milímetro) y de color café, no sólo forman parte del paisaje lacustre, también han sido protagonistas en las prácticas culinarias, los circuitos de intercambio y las formas de organización comunitaria relacionadas con su recolección, uso y comercialización (Arias, et. al., 2022).


La presencia del ahuautle en mercados, rituales y códices nos recuerda que la historia de los animales no debe quedar al margen, sino que debe ocupar un lugar primordial en la reconstrucción del pasado. Estas prácticas, cargadas de conocimientos ecológicos y simbólicos, se remontan a tiempos antiguos. Por ejemplo, el Códice Florentino menciona: “Ay unos coquillos del agua que llaman axaxaicatl o queatocomatl, son por la mayor parte negro y del tamaño del pulgón de Castilla y de aquella hechura, y vuelan en el aire y nada en el agua, y cómenlos” (Libro 11, cap. tercero, fol. 68r-68v). El axayácatl, de cuerpo ovalado y patas largas flota sobre el agua y deposita sus huevecillos sobre la vegetación. Es así, que estas chinches habitan en aguas poco profundas, cerca de las orillas de los lagos de la Cuenca de México.


La toma del ahuautle comienza con la colocación, por parte de los recolectores, de ramas secas, tules o manojos de zacate en las orillas del lago; estos manojos se atan a una estaca que se adhiere a la superficie del agua. Las estructuras se mantienen allí durante quince días aproximadamente, tiempo suficiente para que el mosco deposite sobre ellas los huevecillos diminutos. Aunque casi imperceptibles a simple vista, juntos forman una capa densa. Este ciclo sucede durante la temporada de lluvia, en junio, julio y agosto, cuando el agua inunda los márgenes de la orilla de los lagos y la vida acuática se renueva. Así, la obtención del ahuautle sigue los ritmos del clima y del lago, entretejiendo el trabajo humano con los ciclos naturales. Conocer dónde encontrar al axayácatl, cuándo recolectarlo, cómo secar el ahuautle y prepararlo, forma parte de una sabiduría local que combina prácticas de subsistencia, conocimientos ambientales y formas de organización social.


En ese sentido, el ahuautle es inseparable de la vida lacustre y de los vínculos que los pueblos ribereños han establecido con los animales de su entorno. Además de servir como alimento para aves silvestres -como los patos-, el ahuautle ha sido recolectado por generaciones en comunidades como las del municipio de Atenco o Chimalhuacán en el Estado de México, quienes han aprendido a identificar las temporadas propicias para su colecta. Para atrapar los huevecillos, según el recolector Rafael, se emplea una red de pesca. Una vez extraídos del agua, el conjunto de ramas se expone al sol durante un par de horas por cada lado hasta lograr un secado completo. Después, se frotan cuidadosamente con una sábana o manta para desprender el ahuautle. Finalmente, el producto se limpia con ayuda de coladores que permiten separar los restos vegetales, la tierra y otras impurezas, dejando sólo los huevecillos listos para su uso.


Es interesante que el término ahuautle no se refiere únicamente a los huevecillos del insecto, sino también al platillo tradicional que se prepara con ellos. Para su elaboración, primero se secan los huevecillos y luego se muelen, ya sea en metate o licuadora, hasta obtener una harina fina, la cual se mezcla con huevo batido para formar una masa que se moldea en pequeñas tortitas, cuyo sabor recuerda al camarón seco, aunque con una intensidad terrosa, proporcionada por la salinidad del Lago de Texcoco. En comunidades como Santa Isabel Ixtapan, Atenco, estas tortitas se fríen y se sirven acompañadas de platillos como chile verde con nopales o flor de calabaza, o bien, romeritos con mole.


Hoy el ahuautle enfrenta el riesgo de desaparecer o de volverse un alimento accesible sólo para quienes pueden costearlo o tienen interés en su consumo. Esta situación se ha agravado debido a la disminución de su hábitat natural, causado por la desecación y contaminación de los cuerpos de agua en la Cuenca de México, como ha ocurrido con el Lago de Texcoco. Esta transformación del paisaje no es reciente: desde la llegada de los españoles, los grandes lagos comenzaron a ser drenados y la ingeniería hidráulica reconfiguró el entorno de la Cuenca. Como resultado, muchas especies acuáticas nativas comenzaron a desaparecer. Sin embargo, el ahuautle logró prevalecer. En las zonas lacustres de Atenco, la recolección del ahuautle se mantiene gracias a prácticas tradicionales que aún forma parte de la vida cotidiana. Desde allí, este producto llega a mercados como los de Texcoco, Chimalhuacán, La Merced y Sonora -estos últimos en la Ciudad de México-, así como a ferias gastronómicas dedicadas a la cocina tradicional. La escasez del ahuautle, junto con una demanda que persiste, ha elevado significativamente su precio por lata. El ahuautle, una fuente de proteína de alto valor nutricional, no sólo representa un alimento ancestral, sino también una alternativa sustentable en medio de la crisis alimentaria y ambiental actual.


El ahuautle invita a repensar lo animal: no como recurso ni como objeto, sino como una presencia activa en la historia. El axayácatl no sólo habita el lago, lo transforma y es transformado por él. En ese intercambio constante con lo humano, atravesado por el clima, agua, territorio y tiempo, surge una relación completa que supera la idea del consumo. Hoy, cuando muchos lagos de la Cuenca de México son apenas memoria o canales entubados y las aguas se contaminan mientras los insectos escasean, el axayácatl y el ahuautle se vuelven símbolos de fragilidad, pero también de resistencia. Aún hay quienes lo buscan, lo preparan y lo venden; su sabor no se ha olvidado del todo, aún perdura una historia con el animal. El axayácatl y el ahuautle, diminutos pero significativos, nos recuerdan que la historia no sólo se escribe con humanos, sino también con otros seres que habitan, configuran el territorio e interactúan con el ser humano.


Bibliografía:


Arias-Velázquez, H. F., R. S. Rodríguez-López, M. S. Robledo-y Monterrubio, O. R. Castro-Martínez y M. J. Arias-Robledo (2022). “Producción ex situ de chinches productoras de ahuautle en el socioecosistema Lago Nabor Carrillo”, Agro-Divulgación, No. 2, Vol. 6, pp. 45-48.


Leal, Claudia. (2024). “Caminos peregrinos para una historia colorida, ruidosa y olorosa”, Historia Ambiental Latinoamericana y Caribeña, No. 03, Vol. 14, pp. 30-48. 


“Libro 11: Cosas terrenales”, fol. 68v, (2023). Códice Florentino Digital, Kim N. Richter y Alicia María Houtrouw (eds.), Getty Research Institute (Consultado en línea en https://florentinecodex.getty.edu/es/book/11/folio/68v?spTexts=&nhTexts=).


Pino Moreno, J., J. Ramos-Elorduy, E.M Costa-Neto (2006). “Los insectos comestibles comercializados en los mercados de Cuautitlán de Romero Rubio, Estado de México, México”, Sitientibus Série Ciências Biológicas, No. 6, pp. 58-64.


Jessica Reyna Montes Espinoza, estudiante del Posgrado en Historia y Etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

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